1/26/2006

La Generación del Cordero I: poemas de Mattheew Sweeney

CARNE

Le mandé a mi suegra una cabeza de cerdo.
A la semana le mandé dos ojos de vaca en una caja.
No le di ninguna pista de mi identidad,
ni le dije a mi esposa. Ella se enteró pronto:
un llanto en el teléfono a mitad de la cena,
se me atoró una salchicha de jabalí, de la risa,
mientras mi esposa volteaba a verme, furiosa.

Cuando me lo contó me supo a la mejor mostaza.
Mientras hablaba supe lo que tocaba enviar después:
criadillas de cordero. De uno en uno le mandaría a su madre
todo lo que a mi abuelo le gustaba: agachadiza, conejo,
rabo de buey, morcilla y tripas de cerdo.
Ojalá y no haya tirado sus recetas.
¿Cómo se le ocurrió que ella podía renunciar a la carne?


(De The Bridal Suite)

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TRATA DE MORDER

“Trata de morder”, le dijo el marinero
al hombre que había amarrado,
después de tumbarle los dientes,
sacarle la cartera,
y enfundarse en sus jeans.
“¿Dónde está tu pasaporte, mierda?
¡Lo dejaste en tu casa!”
Y lo pateó otra vez,
y cuando el hombre gritó
otra vez lo pateó.
Luego lo amordazó
con la camisa ensangrentada,
y cuando se acercó un perro a husmear
salió también pateado,
y se escabulló, aullando,
fuera del callejón.
Y el marinero se rió,
luego se abrochó el cinturón,
antes de escupirle al hombre
y dirigirse al pueblo.
Se echaría unas,
pensó, primero cervezas,
luego whisky. Y una mujer.
Se detuvo bajo un semáforo
a admirar sus jeans,
después volteó hacia un ventanal
para acomodarse el pelo, y sonreír
-una amplia, ebúrnea sonrisa.


(De The Bridal Suite)

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NO ARROJE PIEDRAS A ESTE LETRERO

No arroje piedras a este letrero
que está aquí, en un pedregal
a tiro de piedra del océano
cuya playa es un tiradero de guijarros
desde que se robaron la arena para la construcción,
y las pocas gentes que vagan por ahí
con cañas de pescar no pescan nada,
ni siquiera un zapato –mejor deberían
bombardear las olas con pelotas de golf,
o meterse y aguantar la respiración,
o agacharse, como lo hacen, y coger un puñado
de guijarros para arrojarlos al letrero,
y cada vez que le atinan festejan
y se anotan otra cerveza, principalmente
el hombre que ideó el letrero,
quien fue por su brocha y escribió
“No arroje piedras a este letrero”
en un trozo de madera de flote que clavó
en este terreno inútil, y luego, riéndose,
se fue bailando hasta la cervecería.


(De A Smell of Fish)

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LECHE ROSADA

Cuando las cabras se comieron los claveles rojos
y la leche a la mañana siguiente era color de rosa
al abad le encantó y pidió más

pero los monjes adoraban su jardín de flores
y recurrieron a la cochinilla, a hormigas molidas,
al pimentón, todos revueltos en la leche

pero sin éxito. No se obtenía el perfume
y el abad estaba malhumorado; así que los claveles
se dieron en sacrificio a las cabras sueltas,

cuyas barbas bailaban al masticar,
y que miraban a los vigilantes monjes,
mientras el abad vigilaba desde una ventana

y en la cocina una pierna de cerdo
se descongelaba colgada de un gancho
y la sangre goteaba en la jarra de leche.


(De Blue Shoes)

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Matthew Sweeney (Donegal, Irlanda 1952)
Traducción: Carlos López Beltrán y Pedro Serrano

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