11/29/2005

Estatales de mierda

Todo iba bien el domingo. Dos amigos y yo habíamos pasado la tarde en Cuatrocienegas consumiendo vino local, fumando, subiendo cerros al atardecer. Un picnic tóxico muy happy que fue arruinado cuando las luces azules-rojas del carro de un estatal nos encandilaron por el espejo retrovisor de mi coche. Nos detuvimos y el chango ese nos revisa el carro hasta encontrarnos unos gramos de hierbita. Valió verga, pensé.
-Saca el perico –me dijo el chango.
Con orgullo le dije que sólo nos drogamos con mota. En eso llega otro chango en una troka. Ve que nos han encontrado hierba y me dice:
-Mira carnal, orita vamos a llamarle a la grúa para que se lleve tu coche, te vamos a llevar a ti y a tus camaradas a las oficinas de la policía estatal donde, por las buenas o por las malas, les vas a decir quién te vendió esto. Luego va a llegar prensa a tomar nota del asunto y si tienes trabajo dalo por perdido a sólo que tu jefe sea loco como tú y te comprenda.
Mierda, pensé. Respiré hondo, asustado me tiré un pedo y les pregunté:
-¿Cuánta lana quieren para evitarnos todo este rollo?
Los dos changos se miran y empiezan a hablar en clave, un dialecto que sólo orangutanes comprenden. Luego me preguntan:
-¿Cuánto estas dispuesto a pagar?
-250 a cada quién.
Se ríen los muy imbéciles.
-Carnal, estamos hablando de algo serio, algo así como 2,500 a cada quien.
Mierda, pensé. Salieron caros los pinches simios.
-¿1500 a cada quién? -les propusé.
Aceptaron. Mis amigos se quedaron en el coche mientras uno de los changos me llevó a un cajero en San Buena. Saqué la lana y al dejar San Buena nos encontramos a dos chicas atractivas en la plaza. El chango se emocionó y le dió otra vuelta a la plaza sólo para verlas otra vez. No las encontramos y el imbécil me dijo:
-¡Chin! Ya no están. Es tu culpa, las espantaste.

Y bueno, finalmente nos dejaron ir dándonos consejos de cuidarnos, de no cargar drogas con nosotros.
-Usalas y guárdalas en tu casa, para qué andar con ellas en la carretera –me dice el más viejo de los orangutanes mientras pelaba una banana.

Afortunadamente no pasó nada más. Lo peor fue el estrés, la perdida de dinero y de tiempo.
El chango que nos paró se quiso ver buena onda y nos regresó la hierba que nos encontró. El otro simio se despide diciéndome:
-Tienen suerte de haber sido detenidos por dos estatales a toda madre que los dejaron ir.
-Adiós -les dije.
Me subí al carro y les dije a mis amigos:
-Vamos por unos tacos.

No hay comentarios.: